martes, 5 de septiembre de 2017

Tau

Consigna: Weird Fiction (ficción extraña)
Texto:
La mansión apareció de la nada en cuanto el vehículo tomó la última curva del angosto camino. Las corpulentas salamandras que tiraban de la cabina se revolvieron y liberaron pequeñas volutas de humo por los orificios nasales, ansiosas por llegar a su destino. Majestuoso, el reflejo de la antigua casa se desplomaba sobre los charcos de agua que la lluvia había formado minutos antes. Las salamandras emitieron unos chillidos atronadores al detenerse frente a ella que hicieron estremecerse a los dos ocupantes del cubículo. Las fauces abiertas, mostraron con veneración sus afilados colmillos y emitieron pequeños bufidos llameantes.
—Tranquilas, tranquilas —intentó sosegar uno de los ocupantes al tomar tierra—. Sí, hemos llegado. —El hombre renqueó y, haciendo uso del bastón, acertó a dar cuatro pasos.
—¡Oiga! No me imaginaba así la morada. ¿Fue esta la calle Garay? ¿En serio me lo dice usted? Recuerdo tan poco de la otra vida… Oh, aquella placentera vida plagada de avenidas, gentío, revoluciones, fama, literatura y contaminación. Porque me lo dice usted, que si no…
—Calma, amigo. Las cosas cambian. A veces, para bien. Es normal que todavía no recuerdes con claridad.
El palacete no era gran cosa visto desde la fachada principal. Perdía parte de la elegancia que el espejismo mostraba en la distancia. Si bien monstruosas cabezas de diversos animales la defendían de los intrusos, el halo que desprendía era más de serenidad que de desasosiego. Las enormes salamandras se desanclaron del vehículo y, ávidamente, comenzaron a olisquear entre los arbustos en busca de alguna presa.
Los dos tipos formaban una curiosa estampa frente a la casa, que aparecía solitaria en una parcela totalmente descuidada: el de menor edad, con los cuatro pelos canos que le quedaban en el cráneo peinados hacia atrás, se mantenía en pie intentando disimular el temblor humillante que producía un balanceo en todo su cuerpo. El otro cubría sus ojos con unas gafas de cristales oscuros y redondos. La mano derecha aferraba con fuerza el puño del bastón de laca que portaba y de su tímpano derecho emergían gusanos grises que se balanceaban para acabar, algunos pisoteados en el suelo y, otros más afortunados, en la solapa raída de la americana.
—Entremos —sentenció este último. Y, en una lenta marcha, llegaron a la puerta principal.
—Pasa, pasa Daneri. Acomódate como puedas en esa butaca, pues no es solamente asombroso lo que he de relatarte, sino completamente extraordinario. —El salón les recibió prácticamente desnudo, con un cuadro de ella y otro de su padre como única decoración. Los lienzos dejaban entrever los rostros demacrados por el desgaste del óleo.
—Está usted inquietándome, si es posible estar todavía más nervioso por escuchar su historia —confesó el desmemoriado casi con devoción—. ¿Fue aquí donde me conoció y también a ella, a Beatriz? ¿Es este lugar mi hogar? Porque me lo dice usted, que si no… —añadió marcando las eses y gesticulando con vehemencia.
—Oh, aquí están, ¿no es así, amigo?, los retratos de Beatriz y de su padre presidiendo la sala. Pero deja, déjame que te explique. Mira, tú no lo recuerdas, pero la mañana en que Beatriz Viterbo volvió a la vida, el cielo relampagueaba suavemente a millas de distancia. La tormenta se hallaba lejos y era hermoso admirar los rayos silenciosos, pero la tempestad en los todavía vidriosos ojos de Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz querida, se adivinaba inminente. Con paso más firme que el mío y las falanges todavía entumecidas, dirigió la mirada hacia mi pitillera e hizo el amago de alargar el brazo.
—¡Ja, ja, ja! Eres la auténtica, la misma Beatriz Elena Viterbo de siempre. Ahora lo sé —proferí con vehemencia mientras le alcanzaba un Continental todavía asombrado de tener frente a mí semejante espectro.
Tras la primera calada, se derrumbó sobre la butaca en la que reposas tú ahora mismo y, exhalando el humo del pitillo entre las tres piezas dentales que le quedaban, clavó en mí sus cuencas oculares. Sí, Beatriz me habló. Tuve esa magnífica suerte.
—¿Desde cuándo fumas? Los años han pasado por ti, querido. —Sonrió con picardía—. ¿Qué fue de aquel joven escritor que rivalizaba en ingenio con mi primo? ¿Qué ha hecho el destino del gran literato Jorge Luis Borges? —preguntó intrigada mientras tú estabas en el sótano y tu padre al teléfono en otra habitación.
—Esa primera conversación, anodina, de ascensor, trivial y censurable, blanquiceleste, como habrías dicho en tiempos pasados. ¡Ja, ja, ja! ¿Recuerdas, amigo? ¿Recuerdas cuando…, cuando…, el Aleph te llenó de alejandrinos huecos, estrofas inmundas y otras negligencias literarias? Esa primera conversación, desencadenó todo lo demás.
El eco respondió a las cuestiones formuladas con un quejido molesto y, diríase, hasta irónico. Daneri, con la mandíbula literalmente desencajada, logró proferir varios titubeos al tiempo que intentaba incorporarse en la butaca.
—Por todos los santos. ¿Quiere decir usted, quieres decir, Borges, que volvemos a la vida los muertos? ¿He estado yo anteriormente con usted, contigo, y con Beatriz en este estado? ¿Cómo no lo recuerdo? ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué perturbar la paz del cuerpo en la tierra húmeda y dulcemente perfumada?
—Tranquilo, tranquilo, Daneri. Tus preguntas siempre son las mismas. Es inherente a nuestro estado sufrir amnesia en ocasiones, aunque lo tuyo tiene mal remedio. Pronto aparecerá Beatriz —confirmó el individuo de las gafas oscuras mostrando una macabra sonrisa.
La poca carne y el pellejo que quedaba en su rostro, lo malignizaba. Las tiras de piel reseca colgaban divertidas y los numerosos agujeros putrefactos de su rostro mostraban los amarillentos huesos de los pómulos y barbilla. Hizo el ademán de quitarse las lentes, pero algo lo detuvo.
Súbitamente, lo que debía ser el todavía gracioso cuerpo de Beatriz Viterbo, apareció oscilando de lado a lado de la sala propinándose fuertes golpes contra las paredes. Una figura desmadejada y considerablemente más corpulenta que la de ella consiguió mantener el equilibrio hasta que los ocupantes del salón lo tuvieron frente a ellos para, seguidamente, volver a trastabillar y golpearse de forma contundente la cabeza contra el suelo.
—Señor… Dios santo… ¡Borges! ¿Es que no ve lo que yo? ¿Cómo puede mantener esa serenidad? ¡Engendro del demonio! ¡Satanás! —Daneri, fuera de sí, se alzó de la butaca y acabó con la espalda contra la mismísima puerta de entrada a la casa—. ¡Borges! ¡Borges! ¿No lo ves? ¡Reacciona!
—Tú lo has dicho, amigo. No lo veo. Pero intuyo a quién tenemos aquí… ¡Ja, ja, ja! —La sonrisa era maléfica; casi imposible—. ¡Asterión! ¿Eres tú? ¿Has vuelto por aquí? ¡Menuda aparición prodigiosa! —Y continuó riendo.
El amasijo de carne y huesos se limitó a quedarse sentado en el frío suelo con las piernas abiertas como un niño de parvulario y contestó con un rugido pavoroso.
—¡Lo sabía!
—¡No es humano!
—¡Asterión!
—¡Que se te lleven los demonios, Borges!
El ser, más calmado, comenzó a babear profusamente y a sangrar por los trozos de intestino que sobresalían de su cuerpo sin saber a cuál de los dos personajes mirar.
—¡Por favor! Es inofensivo. Daneri, ¿dónde andas? Ven, no te retuerzas de miedo. Nadie va a devorarte…, ¡por el momento! —La carcajada heló la sangre de su amigo y rival, pero le convenció para acercarse y conseguir explicación a todo lo que estaba ocurriendo—. Oh, Honorato es un chico travieso. A veces hay filtraciones de otros…, otros mundos, otras realidades. Este niño malo se ha escapado y ha aparecido aquí. Sucede a veces, no temas —finalizó buscando la pitillera en lo que quedaba del bolsillo delantero de la americana.
—¿Niño malo? Pero, ¿tú has visto…? —Extendió la mano hacia su amigo—. No, claro que no lo has visto. ¿Qué te ocurrió? ¿Desde cuándo fumas?
—Te has perdido mucho, Daneri, mucho. Toma, aquí tienes. Un Coronas que hará tus delicias. —Asterión lanzó un segundo bramido y dirigió lo que parecía la cabeza hacia ellos—. Ah, no. De eso nada, monstruito. Fumar es malo —dictaminó Borges con autoridad—. Bien, por dónde íbamos… Beatriz, sí, Beatriz es la razón de…
Pero en ese preciso instante, comenzaron a oírse unas suaves pisadas que bajaban por la escalera. Los dos hombres callaron y el engendro se limitó a respirar ruidosamente jugando con sus fluidos corporales extendidos por el suelo. Por fin, apareció.
—¿Me nombrabas, Borges? —preguntó una melódica voz—. ¡Carlos! ¡Querido! Otra vez tú. —E intentó correr hacia donde permanecía petrificado ofreciendo un espectáculo casi hilarante. Esquivó con torpeza al monstruo que la miraba embobado y saltó con la gracia que sus fémures desnudos le permitieron. Al caer, un chasquido expulsó algunos fragmentos astillados de la rótula izquierda.
—Beatriz…
—¡Beatriz!
—En cuerpo y alma. ¿O debería decir en carne y huesos? —La aguda carcajada que profirió dejó mudos a los presentes. Seguidamente, dio unos pasos y se sentó encima de las rodillas de Daneri—. Querido primo, te has sentado en mi butaca. ¿Cómo van las cosas? ¿Eres capaz de recordar algo esta vez?
Daneri no pudo parpadear ni palidecer, pero el temblor habitual de su osamenta se intensificó. Acercó su rostro al de Beatriz y comprobó que todavía le quedaba algo de tejido cartilaginoso en la respingona nariz que siempre le había gustado tanto. Los labios no habían corrido la misma suerte y qué decir de las marcas amoratadas que lucía por todo el cuerpo.
—Estás magnífica, Beatriz. Exuberante, como siempre —acertó a decir.
—Bueno, che, bueno. Dejémonos de preámbulos —cortó tajantemente Borges—. ¿Vas a mostrarme dónde está, Beatriz? Sé que debo traer a tu primo para que aparezcas, que con mi sola presencia no te dignas a bajar esas escaleras con arte y esmero. Aquí lo tienes, te lo traigo como una ofrenda, con su lazo incluido. Tuyo es, como tantas otras veces. Recuerda las cartas que le escribiste, piensa en lo que le decías al oído. Yo te lo he traído de nuevo. Cumple con tu parte del trato y muéstrame dónde está el Tau.
El silencio solo fue interrumpido por una especie de gorjeo y una tos angustiosa que sacudió la garganta de Asterión. Borges se alzó de su asiento y, con paso más seguro que cuanto entró en la casa, se dirigió hacia Beatriz. El ligero pero resistente bastón de bambú repicó varias veces en el suelo hasta que enfrentó su rostro al de ella. Dos rostros, por llamarlos de alguna manera, que dejaban ver el paso del tiempo, la carne muerta, los intentos fallidos de regeneración de sus células, la lascivia de los diminutos insectos que deambulaban por sus casi inexistentes párpados. Frente a frente.
Beatriz se incorporó dejando una desasosegante sensación de frío en las rodillas de Daneri y, con un ligero temblor en las manos, las dirigió hacia las lentes oscuras de Borges. Las apartó de lo que quedaba de sus orejas y puente nasal y vio. Vio cómo el Aleph brillaba incrustado en una de sus cuencas. Se había quedado ciego en vida, pero ahora tenía el universo en sus manos.
—Te he preguntado dónde está el Tau, Beatriz Elena, Beatriz querida —repitió algo exasperado.
Pero Beatriz no podía dejar de sucumbir a la presencia de esa pequeña esfera de apenas tres centímetros de diámetro que brillaba. Brillaba como la mañana había dañado sus preciosos ojos en verano. Le sacudía la nariz con pequeños picores y estornudos al igual que en vida lo habían hecho los potentes rayos del sol porteño cuando iba de vacaciones con su padre. Le arrancaba recuerdos de cuando estuvo viva. Y sonreía.
Tau. El Tau. En buen momento se le ocurrió contárselo. Ella fue la primera que volvió a la vida tras la muerte y quien se apareció a Borges una mañana para contarle cómo. El hallazgo era extraordinario: conocedora del Aleph, supuso que debía existir un Tau. Un contrario, un opuesto, como lo hay para todas las cosas. Desde niña había admirado el Aleph, lo veneraba desde el vértigo y la lágrima, y no en pocas ocasiones se preguntó sobre el Tau. La nada, el pozo oscuro; un agujero negro. Y lo encontró. Vaya si lo encontró.
Días antes de morir, Beatriz Viterbo bajó al sótano del salón por la angosta escalerilla para, de nuevo, contemplar la totalidad desde todas sus perspectivas simultáneamente. Solo tuvo que agacharse, tumbarse en el piso del decimonono peldaño para encontrarlo tan maravilloso como siempre. La llenaba de vida, sabiendo que su fin estaba cerca, y vivía junto con los nibelungos, los atenienses y vikingos las aventuras que jamás tendría en vida. Cerró los ojos un segundo y, entonces, lo vio. Justo al volver a abrirlos, cerca del Aleph, una masa más opaca que la propia oscuridad, más negra que la noche más cerrada, llamó su atención. Intentó tocarla con la mano y sintió un escalofrío que electrizó todo su cuerpo. Miró la esfera oscura y vio. Vio un agujero negro, la Nada. La serenidad inquietante y la tranquilidad absoluta en tantas ocasiones buscada. Oh, aquello era mejor que el Aleph: aquello era un Tau, y significaba que la paz existía. ¿Dónde reposar mejor que ahí el resto de su no existencia? ¿Dónde dejar de vivir para no ser? Deseó dejar de existir y, sin contárselo a su primo, lo tomó delicadamente con la mano y lo guardó.
Claro, que todos somos desconocedores de las consecuencias de nuestros actos. Uno piensa que llevándose una pulserita que acaba de encontrar tirada en el asfalto de la Plaza Constitución solo puede contribuir a la desdicha de la persona que la perdió. Pero, cuidado, también puede producir el disgusto de quien regaló esa joya, reproches, discusiones, desconfianzas y, por qué no, sacar a relucir cuando anteriormente perdió también la gargantilla que le trajo de Panamá. Ah, las consecuencias. El Tau ocultaba algo más que vacío. Ocultaba el poder extraordinario e incomprensible de volver a la vida como un desecho, un fantasma. Un ser pavoroso que podría viajar por los infinitos túneles del espacio-tiempo y así comprobar, eso sí, en un estado perecedero de agonía post mortem, las realidades paralelas. No contemplando el Aleph, no. Viviéndolas, aunque fuera muertos. No desde el piso del escalón número diecinueve en decúbito dorsal, sino viajando a cada lugar.
—Cuando te conté el hallazgo del Tau, pues te consideré un intelectual más avezado que mi primo, no pudiste salir de tu asombro. ¿Un Aleph? ¡Obvio! ¡Debía existir un Tau! Me miraste con algo de desconfianza, pero sabía que me creías. No en vano ya habías conseguido ver el Aleph. Y, ¿ahora esto? ¿No te basta con viajar en el espacio-tiempo de vez en cuando? Ah, no. Lo quieres para ti. Siempre fuiste un envidioso, Borges —finalizó Beatriz arrastrando sus tacones por la sala.
Carlos Argentino Daneri no salía de su asombro. ¿Qué era todo aquello? ¿Borges se apropió del Aleph antes de que su casa fuera derruida cuando él creyó haberlo perdido para siempre? ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Ah, la vieja rivalidad siempre ahí. ¿Y Beatriz? Fue con él con quien yació y descubrió placeres oscuros, no con Borges. ¿Por qué a él?
—Beatriz. No quiero ser esclavo tuyo por más tiempo —añadió Borges impertérrito—. Ya en vida me tuviste siempre a tus pies. Gozaba solo con la idea de una mirada tuya y de disfrutar unos segundos tu perfume. Así continué tras tu muerte, visitando esta vieja casa ubicada entonces en la calle Garay para poder seguir teniendo tu recuerdo. Observar tus retratos, oír a tu padre y a Daneri hablar de ti. Cautivo incluso después de tu muerte. ¡No puedo seguir así! ¡No vas a tenerme a tu merced en esta muerte andrajosa por los siglos de los siglos! ¡De realidad en realidad! —Se acercó agresivamente a ella.
—No, Borges, escucha, no. Para. El descubrimiento es mío. Ese Aleph te está volviendo loco. ¡No!
Pero la embestida de Carlos Argentino Daneri llegó tarde. Borges había horadado el pecho de Beatriz con el puño y extraído una masa negruzca junto con algunas vísceras putrefacta y fragmentos de costillas. Ahí estaba su trofeo. Lo merecía.
Soltó una carcajada monstruosa al tiempo que se colocaba el Tau, oscuro como un abismo, en la cuenca ocular que le quedaba vacía. En ese mismo instante, desapareció.
Beatriz, descompuesta, se refugió en los brazos de Daneri quien, sin todavía acabar de comprender la situación, acarició con ternura el corroído occipital de su prima.



“DIARIO DE RICHARD ISAIAS MORTON”

Consigna: Weird Fiction (ficción extraña)
Texto:
JORNADA 1
Yo, Richard Isaías Morton, he decidido escribir este diario como recuerdo de mi nueva condición de hombre rico. Bueno, aún no lo soy, pero doy por hecho que con el primer cargamento que salga por la boca de esa mina, mi suerte habrá cambiado. “El sepulcro dorado”, situado en la falda del viejo volcán al que llaman “La Sima”. Cuentan las malas lenguas que la desgracia caerá sobre aquel insensato que extraiga el oro que guarda en sus entrañas. Cuentos de viejas. Recientemente conseguí cerrar el trato y ahora, la mina y su explotación, me pertenecen.
El campamento está montado y una primera partida de hombres espera nuestra llegada al amanecer.
JORNADA 2
Los veinte hombres que me acompañan conocen bien el territorio y guían el convoy formado por cinco carrozas a buen paso y de forma segura.
Llegamos al campamento a la hora acordada. La bienvenida no pudo ser más acertada; café bien caliente y tortitas de maíz con cecina.
El campamento es incluso más confortable de lo que yo mismo preveía. Mi caseta cumple con creces mis exigencias. Las de los trabajadores, aunque de menor estatus, ofrecen unos camastros bien mullidos para favorecer la calidad del descanso. El trabajo será duro y necesito el mayor rendimiento por su parte.
El resto del día lo dedico a ultimar los preparativos para el comienzo de la excavación.
JORNADA 3
Cuarenta corazones ávidos de riqueza, cuarenta hombres cargados de sueños. Ochenta manos hábiles y certeras en cada uno de sus movimientos. Cuarenta almas encomendadas a extraer la sangre dorada del interior de la montaña. Cada explosión marca el compás de una pieza musical destinada a ser un himno a la prosperidad. Cada golpe de pico una corchea. Cada suspiro, un silencio.
La entrega vehemente de los hombres pronto dará su fruto. El calor es sofocante, aunque eso no les merma. Desde el resguardo de mi caseta espero impaciente el aviso de la veta hallada. Mientras tanto, mis manos vuelan solas al compás de tan bella sinfonía.
El cielo, cada vez más nublado, se ha teñido de un tono violáceo un tanto singular.
JORNADA 4
Hasta ahora no hubo suerte. Los hombres mantienen un buen nivel de energía y compromiso. Sólo es cuestión de tiempo, estoy seguro. A pesar de que han transcurrido dos jornadas  sin obtener el resultado esperado aún se respira el optimismo inicial. Anoche, en el campamento, asamos cordero. Las charlas y el buen ambiente duraron hasta bien entrada la noche. Tan sólo un hecho de lo más inusitado logró coartar el buen ánimo y, ante la situación que paso a narrar, la mayoría de los hombres decidieron concluir la velada:
Si algo era evidente, eso era la ausencia de viento. El bochorno unido al nulo movimiento de aire provocaba una atmósfera sofocante. Varias hojas, no más de media docena, se desprendieron de las ramas de los árboles que teníamos sobre nuestras cabezas. Algo que pasó desapercibido para todos. Lo siguiente nadie pudo pasarlo por alto. Todas a una y, de una manera violenta y pesada, cayeron las hojas. Los árboles quedaron desnudos. Todos quedamos cubiertos por aquella manta vegetal. Al ruido causado por el deshoje le siguió un unísono aullido de desasosiego. Después  vino un sonoro alboroto de comentarios, en su mayoría supersticiosos, y el camino de cada uno de los mineros hacia su camastro.
Me quedé en el sitio, paralizado. No por el susto, no por la extraña caída de las hojas. Hubo algo en lo que nadie, excepto yo, reparó. Aquellos árboles eran de hoja perenne.
JORNADA 5
El clamor del éxito llegó cuando aun me encontraba desayunando. Nunca me alegré tanto de sentir la quemazón de un café bien caliente cayendo sobre mi pecho. Sin embargo me avisaron de que algo extraño ocurría y me guiaron por las intrincadas galerías de la mina hasta el lugar del hallazgo. El generoso filón prometía proporcionar una ingente cantidad de mineral. Pude sentir cómo el reflejo del oro a la luz del candil penetraba en mis ojos anegándolos de placer. Pregunté cuál era el problema. Me dijeron que lo tocara.
Sentí el cosquilleo de la incertidumbre mientras acercaba la mano. Al contrario de lo que esperaba, el oro no era duro. Tenía una textura viscosa. Pensé que no podía tratarse de oro pues. Y así lo expresé en voz alta. Me respondieron que aun no lo había visto todo.
Me guiaron hasta el exterior agarrando entre mis dedos aquella especie de barro dorado. A pocos metros del exterior me indicaron que debía de abrir la mano y una vez fuera de la mina expusiera la sustancia a la luz del sol. Así lo hice y quedé boquiabierto al observar como aquel material adquiría, como por arte de magia, la textura habitual del oro. Es como un milagro, no sólo tenemos una gran veta sino que además se puede extraer con el simple uso de las manos. Lo que conlleva un mínimo esfuerzo.
De nuevo llegó la noche y con ella otro hecho misterioso. En las ramas desnudas de los árboles comenzaron a posarse cientos de cuervos, observándonos. Cientos de oscuros, emplumados y acechantes centinelas. Tantos que parecía que los árboles estuvieran cubiertos de hojas negras.
JORNADA 5
La inquietud se ha propagado por el campamento como lo haría la gripe o la viruela. Mentiría si dijera que no me he contagiado, y es que los sucesos insólitos que se repiten cada noche dan que pensar. Todo ello está empezando a afectarme al sueño y no soy el único que duerme poco. Me consta que le pasa a todos.
El cansancio empieza a hacer mella, aun así me informan de que la extracción de oro está siendo todo un éxito. No me apetece sumergirme en la montaña y doy por bueno los informes.
Una vez acabada la jornada, los hombres salen de la mina caminando de forma pesada y casi arrastrando los pies. Para variar, a nadie le apetece cenar. Tienen pinta de enfermos, con un aspecto deplorable. Su piel, bajo la capa dorada que la recubre, aparece pálida. Tan pálida que podría decirse que es translúcida. A través de ella se pueden ver las venas formando una compleja y oscura telaraña.
Hace unas horas ordené a Shellman (el único que parece encontrarse medianamente bien) partir hacia Green Wolf en busca de un buen número de rameras con la intención de ofrecer a mis chicos un día de descanso y desfogue. No hay ninguna enfermedad que no puedan curar las putas de “El coyote desdentado”.  Me preocupo por el estado de mis hombres pero choco sin remisión con su carácter, ahora, reservado e irascible. Algo ha cambiado en sus ojos, no algo físico, es algo podrido en sus almas.
Los cuervos siguen posados en las ramas pero, ahora, al único que parece incomodarle este hecho es a mí.
JORNADA 6
Shellman y las mujeres llegaron cuando el sol estaba en todo lo alto. Observo que él también comienza a tener mal aspecto. Las sospechas que trataba de ocultarme hasta a mí comienzan a cuadrarme. Sólo yo conservo mi salud intacta. Tan sólo adolezco de la falta de sueño y las consiguientes ojeras fruto de la incertidumbre causada por tan extraños acontecimientos.
Ordeno a Shellman que avise a sus compañeros y dejen sus labores por hoy. Quiero que comer, beber y joder con las rameras hasta caer rendidos, sean hoy sus únicas faenas.
Los deteriorados mineros salen del yacimiento con su lastimero caminar. Las mujeres reculan un poco al reconocer bajo ese nuevo aspecto a muchos de los hombres que anteriormente tantas veces habían pasado por sus acogedoras alcobas del conocido lupanar.
Sin que puedan poner demasiada resistencia, el campamento se convierte casi al momento en una auténtica bacanal. A pesar de la débil apariencia de los mineros, utilizan sus barrenas de carne con una fuerza inusitada. Le pido a una de las putas que se acerque mientras bajo mi bragueta. Me siento en las raíces de uno de los árboles cargado de cuervos y no preciso de explicaciones para que ella comience su trabajo de manera ejemplar mientras observo el amasijo de cuerpos en pleno acto de lujuria.
Una vez satisfecho y vacío, aparto a la felatriz y saco mi petaca. Ella escupe el contenido de su boca y se adentra en el grupo de cuerpos lujuriosos.
Las mujeres, recelosas al comienzo, parecen entregadas y enajenadas ahora. Como poseídas por la desaforada masculinidad de los hombres que seguían una y otra vez perforando sus húmedas cavernas. Sin descanso.
La situación debería parecerme extraña por no decir violenta, pero ni yo mismo apostaría un centavo por mi salud mental. Trago a trago voy perdiendo el rumbo hasta quedar dormido bajo la mirada atenta de los cuervos situados sobre mi cabeza.
JORNADA 7
No sé cuánto tiempo habrá pasado. Por el vómito seco que tenía pegado en la cara debería haber transcurrido bastante. Era de noche. Todo estaba tranquilo y oscuro. Traté de incorporarme pero mis huesos se quejaron. Extendido en el suelo miré hacia el cielo y entre las ramas del árbol pude ver las estrellas. Caí entonces en la cuenta, los cuervos habían desaparecido.  Segundo intento, esta vez logré al menos sentarme. Mis pupilas se fueron adaptando a la oscuridad y bajo la tenue luz de la luna vi el campamento vacío. La ropa de los mineros permanecía esparcida por todas partes. Pero ni rastro de ellos.
Candil en mano me dirigí a la mina y recorrí los primeros metros de la gruta. Los túneles de piedra rugosos y negruzcos parecían la garganta de un fumador. Con la mano libre agarré la culata de mi revólver. El lugar daba escalofríos. No sabía a quién podría encontrar rondando mi oro.
Tras varios recovecos llegué al último y largo pasillo. La “cámara dorada”, donde se situaba el filón, estaba iluminada. Un punto amarillo al final de la galería. Salteadas en cada pared se abrían un total de ocho cámaras. Las que utilizábamos como almacén. Una tras otra las fui examinando mientras me acercaba a la luz. Ni rastro de los chicos. La madera de la culata del revólver se estaba empapado con el sudor de mi mano, y los dedos me dolían a causa de la fuerza con que los apretaba. La sensación de peligro aumentaba a pesar de la aparente tranquilidad reinante. Las pruebas de que algo extraño estaba ocurriendo no tardaron en aparecer. Manchas de sangre en el suelo, salpicaduras en las paredes. Sentí como el corazón palpitaba en el interior de mi garganta y en las sienes. Las piernas me fallaron haciéndome caer de culo. El túnel hacía bajada. Perdí la antorcha que comenzó a descender rodando adentrándose en la cámara principal unos metros más abajo. La gran veta de oro se hizo visible a la luz del fuego. Fue entonces cuando tuve la certeza de que había llegado el final de mis días.
Tenuemente iluminados por la dorada luz, se apreciaban los combados cuerpos de los mineros. Todos presentaban la misma horrible calvicie llena de pústulas que los hacía irreconocibles. Algunos balanceaban los picos entre sus manos. Otros permanecían en cuclillas en una pose digna de un coyote en posición de ataque. Muchos de ellos estaban comiendo. En sus manos, intestinos y cascarria de todo tipo que iban arrancando de los vientres, ahora vacíos, de las rameras. Todos hacían algo en común. Todos me miraban.
Hubo unos diez segundos de tregua. Tiempo más que suficiente para que recuperara la verticalidad y desenfundara mi arma.
— Eh, chicos, no sé de que diablos va toda esta historia, pero os advierto de que al primero que mueva tan siquiera una ceja, le vuelo la tapa de los sesos…
El miedo me había alcanzado hasta el tuétano, aunque no estaba dispuesto a mostrarlo. Pero había un sentimiento más fuerte en mi interior. La avaricia. Los que hasta ahora habían sido mis trabajadores ya no eran mas que unos monstruosos intrusos. Y estaban tocando mi oro.
La antorcha seguía en el centro de la caverna, entre los repulsivos cuerpos. El fuego tomó contacto con el pantalón de uno de ellos y empezó a arder. Pronto se convirtió en una antorcha humana haciendo que la sala tomara algo más de claridad. Ante la amenaza, las gibosas criaturas, comenzaron a correr. Algunos trepaban las paredes de la cueva con una agilidad pasmosa digna de una tarántula. Otros fueron directos hacia mi. Mi revólver escupió cinco balas de manera casi automática. Alojándose, cada una de ellas, en el cráneo de cinco de los infelices mineros.
Distribuidas por la cámara había varias cajas de dinamita. El fuego se había propagado a varios cuerpos y éstos se acercaban peligrosamente a ellas.
Otra oleada de mineros comenzaron a correr hacia mi, emitiendo estridentes gruñidos con sus bocas abiertas hasta extremos imposibles. No me quedaba tiempo. Era consciente de que sólo me quedaba una bala y no disponía del tiempo suficiente para recargar el tambor. Tenía que acertar o los trozos de mi cuerpo adornarían las paredes, suelo y techo del túnel. Dirigí mi última bala a una de las cajas de explosivos.
— ¡Comed plomo… hijos de la gran puta!  
Y al mismo tiempo comencé a correr hacia el exterior.
Primero se oyó un ruido sordo, como un trueno lejano que aumenta en volumen a medida que el sonido se acerca. Coincidiendo con el estruendo más ensordecedor, una nube de polvo salió con violencia del interior. Segundos después, la calma.
Salí de entre la nube de polvo. Noqueado y malherido. Tambaleándome hasta llegar a mi caballo. A duras penas subí y tras un golpe en la grupa de mi montura salí de allí a galope, en dirección a Green Wolf.

Mientras me alejaba pude ver como, varias figuras (juraría que fueron tres), salían de entre los escombros. Ninguna trató de darme caza. Corrieron hacia las montañas. No sé qué fue de ellas ni quiero saberlo. Sólo espero que encontraran la muerte aquella misma noche, bajo la luz de la luna.

Melodía para camaleones

Consigna: Fábula detectivesca o policial, con animales en calidad antropomorfa.
Texto:
Las letras, de un estridente color azul, del Duck August Hospital resaltan en el membrete de la carta que sostengo entre mis manos. La releo por segunda vez y, distraído, observo las letras invertidas en el cristal de la puerta de entrada a la oficina. Jack Chámal & Lia Sheepby. Lia. Los tirabuzones lanudos le bajaban por la sien, con ese color blanco que tanto favorecía su sonrisa, también me volvían loco sus preciosas pezuñas pintadas de rojo bordeaux. Antes de guardar la carta en el bolsillo de la chaqueta me recreo en las letras del membrete, el azulado color reaviva en mí una oscura frialdad, esa debe ser la tonalidad de las cosas muertas; pues con trajes azules se presentaron esta mañana dos matones de Don Vito Gorillone. «¿Han venido a cobrarse mis deudas?». No, no era eso, por supuesto no venían a cobrar mis desmanes de este último año, mis deudas de juego, ni del sexo con conejas. Sí, desde que murió Lia... Soy camaleón, hay necesidades, y... Aparto esos pensamientos de mi mente. «La hija de Don Gorillone ha sido raptada». Un detective, sobre todo uno caído en desgracia como yo, no puede rehusar un caso así. Tampoco es que tenga otra alternativa. Don Vito es un asqueroso mafioso, un corpulento gorila que comenzó con extorsiones en la zona de Old Water, en pocos años controlaba los sindicatos de animales y después estableció un condominio de drogas, juegos y conejas en toda la zona oeste de la ciudad. Debe estar muy desesperado si ha acudido hasta mí, hecho que por un lado me halaga, y por el otro me preocupa. Espero que la hija siga con vida.
Mona Gorillone Beauvoir. Hija única de Don Vito Gorillone. Huérfana de madre a los catorce, algunos dicen que la mató el propio patriarca, aunque la verdad no se sabrá nunca. Veintiocho años. Pelo marrón claro. Esbelta. Atractiva. Todos mis informadores coinciden en su bondad, pero ese es un dato innecesario, todos los animales en esta ciudad saben que Mona es buena. Galas benéficas en favor de las crías desnutridas del África, filántropa y diletante del Opera Nest, defensora de los derechos de los humanos en extinción... Observo la foto extraída de un artículo de periódico; posa en unas escalinatas con un elegante vestido, la falda le ondula elegante, y su fino rabo se entrelaza coqueto alrededor de su bolso de Armany. Sonríe a cámara y esos labios peludos, salvando la distancia de especies, me recuerdan a los de Lia. De nuevo divago y necesito toda mi concentración para leer la hoja de mi principal informador: Frank Tejón. Conocí a Frank hace años, en una taberna de Fort Bearborn regentada por una familia de osos de Carolina del Norte mientras le sacaban a empujones del local. Un tejón alcohólico sin dinero. Le di trabajo, uno simple, recadero. Lia le influenció para que dejara de beber, eso le espabiló y comenzó a realizar muchos otros trabajos, algunos delicados. No sé si estaba enamorado de ella o su agradecimiento era tan grande que eso creó un amor platónico de por vida. No importa, entre nosotros nunca hablamos de ella. Recuerdo el día del entierro, apenas éramos siete animales dándole el último adiós a mi esposa. Frank se me acercó, hocico hundido y decenas de arrugas de no dormir bajo los parpados. Él parecía el abandonado esposo y no yo. Me entrelazó con sus dos patas y comenzó a llorar, su hocico se apoyó en mi hombro, observé las rayas verticales de pelo pardo y oscuro en su rostro, del hocico caía un frío moquillo. Le palmeé la espalda y estuvimos así un buen rato; mientras, los buitres sepultureros echaban tierra en el hueco que recogía el ataúd. No me extraña que Frank me haya pasado una lista tan pormenorizada de los últimos lugares que visitó Mona, da la sensación que todo lo que hace por mí en este último año en verdad lo haga por Lia, cómo si hubiera pactado con ella que me cuidaría.
Los últimos lugares antes de la desaparición de un animal son vitales para cualquier investigación. Me resumo la lista donde fue vista Mona antes de desaparecer: Banco Aguilar, Buhíffanys y Goose Island. En resumen, dinero, joyas y bajos fondos. «¿Qué hacía una buena chica como tú en la isla de los gansos?». Leo una copia del pedido que recogió en Buhíffanys: colgante circular partido con forma de ying y yang, mitad diamante blanco, mitad zafiro negro. Peso 127gr. 1300$ trigones. Para Mona Gorillone Beauvoir. Recogió una joya, un colgante partido, como esos que se regalan los enamorados en los que ambas mitades, unidas, forman una única joya, pero que pueden llevarse por separado. ¿Y el dinero? La cantidad retirada en Aguilar es enorme, casi veinte mil trigones. Dinero, joyas y bajos fondos. Sigo dando vueltas en mi despacho, pues hay algo en este caso que desafina. No hay petición de rescate. Si raptas a la hija de uno de los mafiosos más importante de la ciudad pides una cantidad desorbitada de dinero; por lo contrario, si es un ajuste de cuentas, la matas, y se la devuelves al dolorido padre en pequeños trocitos lo suficientemente grandes para poder ser identificados, pero no, no ha pasado ni una cosa ni la otra, y eso es algo que me desconcierta. Tampoco se ha recibido ningún comunicado de las familias rivales, ni la Gansada del Norte, ni los Oseznos de Goose Island, ni siquiera el máximo rival, Al Pandone de la familia de los Panda del este. Ninguna familia se ha pronunciado. Un absoluto mutismo revuela sobre todas ellas. No lo entiendo. Quizá sea hora de pasarme a hacer una visita a Urrano, una vieja urraca que vive por la zona de la Taberna de Bearny en Goose Island. No acabamos bien la última vez, pero aún me debe un favor. Voy a ir a cobrármelo.
Una patada entre ala y ala ayuda a recordar. Urrano cae de espaldas contra unas cajas de cartón, se retuerce en el suelo, le castañea el pico y se contrae en posición fetal. No le he dado tan fuerte, pero Urrano es de esos animales débiles que no soportan el dolor físico. El callejón se encuentra alejado de la calle principal. Este pequeño gueto isleño no parece formar parte de la ciudad: calles estrechas, sucias, con vuelabundos en las esquinas... «¿Qué quieres ojos saltones?». No me gusta que nadie me insulte de forma racista. Mi pata le vuelve a asestar un duro golpe, esta vez en el pico y de nuevo se retuerce de dolor. Unas gotas de sangre caen sobre su camisa blanca. El rojo y blanco contrasta de manera extraña con las plumas negras. Le levantó de las solapas de la camisa y lo empujo contra la pared de ladrillo del callejón. «¿Dónde está Mona?». Los pequeños ojos negros observan detrás de mí, asustados, bate las alas con desesperación, intenta librarse de mi presa. «¿Hay alguien detrás?». Lo aparto con rapidez, me tiro al suelo y extraigo de la cartuchera mi Bulldog 41 milímetros. Una sombra al inicio del callejón efectúa dos disparos, las balas silban encima de mí. Antes de disparar, fijo mi vista en la figura: un macho robusto, rostro encapuchado, una amplia chaqueta le tapa todo el cuerpo. Sin embargo, al disparar, por las mangas de la chaqueta le observo un frondoso pelo blanco y negro. Es un panda. Replico con tres disparos que se estrellan contra la esquina de ladrillo rojo y la figura desaparece. Espero estirado en el suelo. «¿Todavía estará ahí?». Me levanto con cuidado y camino parapetándome en los contenedores de basura. Asomo la cabeza con lentitud al llegar al inicio del callejón. Detrás de la esquina no hay nadie, en las desérticas calles solo pasan coches; aguzo el oído, no escucho sirenas. Típico en Goose Island. Mi misterioso asaltante ha huido, al girarme de nuevo en dirección a Urrano me doy cuenta que las balas no eran para mí. Urrano está estirado en el suelo con una bala en la garganta y otra en el mentón, sus alas aletean espasmódicas una última vez y grazna moribundo. Después, ya no se mueve...
La zona de Pork Station es elegante. Mansiones lujosas, enormes secuoyas, avenidas alumbradas con centenares de farolas; el motor de mi viejo Plymouth ronronea tranquilo al girar por la avenida Ratmarket. Paro el motor y estaciono detrás de una gran secuoya a unos quinientos metros de distancia de la mansión de Al Pandone. Muchos animales tendrían dificultades para ver a esta distancia de noche, pero no un camaleón; y aunque la edad y la perdida hacen estragos sigo teniéndola excelente. Según mis informadores, Al Pandone tenía una cena benéfica en el City Hall, los pandas son muy dados a pavonearse en sociedad, pero no es el patriarca de la familia al que espero. Sostengo la descripción de la joya de Buhíffanys en mi mano. Una corazonada camaleónica, así la llamaba Lia, acude a mí unida al suceso en el callejón.
Miro las manecillas de mi reloj, la 01:23, bostezo. Quizá mi intuición se esté oxidando, dispongo de un plan alternativo, pero... Un vehículo, un robusto Packard Clipper surge de la mansión. Mis ojos observan a Francis Pandone, el hijo menor de Al Pandone de copiloto, a su lado un pandón más grande que el propio Francis conduce el Packard a poca velocidad. Es extraño que el vehículo no luzca los colores habituales de la familia, el blanco y el negro; por el contrario, un anodino verde perla dibuja toda la carrocería del automóvil. Inserto la llave en el contacto y arranco mi Plymouth, les sigo a una distancia prudente, por suerte el tráfico es denso y los pandas no ven bien de noche. Se alejan de Pork Station por la avenida Grand Central, después giran en Union Station, cruzan el puente Big Chicago y... Sí, se dirigen a Goose Island. Mi intuición todavía funciona.
Estacionan en un callejón al lado de un Motel con luces de neón. En el tejado un cartel luminoso bastante grande muestra las letras Blue Swallow, en la cúspide, unas luces azules conforman la silueta de una golondrina. Francis sube por las escaleras exteriores del motel y se detiene en la habitación 123. El pandón queda en el coche de costado al edificio. Paso de largo con el Plymouth y aparco en la calle trasera. Reviso las balas en la recámara, ocho, y me aseguro que el cuchillo deslizante reposa agarrado en mi pata superior derecha. Recojo una botella de cristal, la alzo con la pata izquierda y me dirijo dando tumbos en dirección al Packard. Eructo y me bamboleo histriónicamente. El pandón me observa aproximarme, su mano peluda se introduce en el interior de su chaqueta, continúo dando tumbos y acercándome más a la ventanilla del piloto, el pandón sostiene la mano derecha en la chaqueta. «Amigo...», le saludo a un par de metros, «hics, me da... un trigón para una botella». Su enorme cabeza me observa de patas a cabeza. Me apoyo en la ventanilla abierta del automóvil. «Lárgate borracho o vas a acabar muy m...», deslizo la daga por mi escamosa extremidad, le asesto una puñalada en la garganta sin dejarle acabar la frase, con la botella le golpeo en el ojo y la suelto, cae al suelo del vehículo. La cabeza del pandón golpea contra el asiento, con mi pata libre le sujeto la pata que tiene en el interior de su chaqueta. Hace fuerza, forcejeamos, intenta extraer lo que parece un revolver, le vuelvo a asestar una nueva puñalada. La sangre le inunda el pelaje blanco alrededor del cuello, pierde fuerza, ya no hace falta sujetarle la mano, y se desploma con la cabeza ladeada. Le retiro la pistola y me la guardo en un bolsillo de mi chaqueta. Le cacheo, no encuentro más armas, agarro la llave del contacto y apago el motor. Después me introduzco en los asientos traseros, le agarro por las axilas y dejo el cadáver estirado en el espacio entre asientos. Observo la luz en la habitación 123 y dirijo mis pisadas hacia allí...
Derribo de una patada la endeble puerta de la habitación. Francis está sentado en la cama, Mona se encuentra estirada a su lado. Extraigo mi revolver, con la otra pata me llevo un dedo a la mandíbula ordenándoles silencio, aunque la sola visión de mi Bulldog apuntándoles es aviso suficiente para invocar su silencio. Cierro la puerta detrás de mí, miro por la ventana, todo está tranquilo. Mona se reincorpora con lentitud en la cama, lleva un vestido largo, sus ojos, además de asustados, están cansados. Francis interpone su cuerpo entre ella y yo. «¿Así qué era eso?». Francis observa en dirección a una silla, en ella reposa su chaqueta, quizá tenga un arma en el interior, niego con la cabeza. El comprende con rabia. Mona tiembla asustada detrás de él. Sus labios son muy parecidos a los de Lia. Me separo de la puerta y me dirijo a la esquina más alejada de la habitación. «Ahora recogeréis vuestras cosas. Conduciréis hasta la avenida Belmont, saldréis de la ciudad por Ashland Street y lo que hagáis después es cosa vuestra. Si os sabéis economizar tendréis suficiente trigón para vivir durante años. Siento lo de tu guardaespaldas, no me podía arriesgar. Ahora, largo». Tiro la llave del Packard en la cama, rebota al lado de Francis, que me observa incrédulo. No se mueve, sigue protegiendo con su cuerpo a Mona; esta, desde detrás del peludo hombro de su protector, me pregunta: «¿Por qué nos deja libres, caballero?». Observo esos labios. «Mis asuntos son solo míos, señorita. Aprovechen esta oportunidad que la vida les brinda». Francis no lo piensa dos veces, ayuda a su amada a levantarse de la cama y le enfunda un abrigo; en previsión de mis inquietudes, Francis se introduce con lentitud extrema su chaqueta. «Buen panda». Agarran una maleta y se dirigen a la puerta de la habitación. Les sigo apuntando con mi Bulldog, Francis abre la puerta, deja pasar a Mona, que alza la mano y se despide mirándome a los ojos, el panda no se gira y cierra la puerta con suavidad. Después, se agarran las patas y bajan las escaleras corriendo, Francis le abre la puerta del Packard, deja la maleta en el asiento trasero, enciende el motor y se dirigen hacia Belmont. «Panda listo».
Me siento en el pequeño escritorio de la habitación, ilumino la superficie con una lamparilla de mesa, extraigo mi estilográfica y comienzo a escribir en una hoja grande de papel: “Mona raptada por encargo de Al Pandone, posiblemente muerta, probable implicación de los Oseznos”. Extraigo mi cuchillo, aguanto la nota en la pared de madera, clavo con un golpe rápido la nota con el arma, ambas quedan ancladas en la pared. Realizo una llamada desde el teléfono de la habitación a la mansión Gorillone, indico esta dirección y cuelgo sin esperar respuesta. «Esta confusión les dará más tiempo». Me dirijo a mi automóvil estacionado en la parte trasera del motel, sentado en el mullido asiento de mi Plymouth extraigo la carta del Duck August Hospital del bolsillo, las letras azules del membrete vuelven a evocarme mis primeras sensaciones, y vuelvo a releer el informe médico: “Duck August Hospital. Informe del paciente Jack Chámal nº expediente 1210-CHI-B. Segunda observación de la masa negra carcinoma. Presenta expansión acelerada alrededor del hígado. Daño hepático irreparable. Imposible extracción. Se solicita ingreso urgente. Informe PKID Dpto. Oncológico Duck August Hospital”.
Conduzco hasta los acantilados de Duckville, a pocos kilómetros de la ciudad, un agreste litoral de belleza peligrosa. En este lugar, Lia y yo, extendíamos un gran mantel de cuadros, nos deleitábamos en picnics interminables contemplando los atardeceres, escuchábamos la melódica voz de Gato Jazz en la radio o las notas del saxofonista Trurat Capote; mientras, enredábamos nuestros cuerpos y nos besábamos. Me asomo al bravo océano que envía sus olas más salvajes a romper contra las rocas. «Es hora de unas vacaciones».